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Hace poco leí una noticia sobre la satisfacción de la población española con el teletrabajo. Según un estudio realizado por el CIS en diciembre de 2020, el 80% de las personas encuestadas calificó su experiencia como muy satisfactoria, mientras que un 20% declaró que no le gustaba trabajar desde casa por la dificultad de compaginar sus obligaciones laborales con su vida personal, así como por el sentimiento de aislamiento social.

Después de leer esto, pensé en cómo ha ido cambiando mi parecer sobre trabajar desde casa a lo largo de ocho años y medio. Y es que, como para todo en la vida, se necesita un tiempo de adaptación a esta realidad que los lingüistas autónomos conocemos tan de cerca.

«Adiós, vida «normal»; hola, vida «solitaria»»

Empecé a trabajar en casa en 2012, cuando dejé mi puesto de traductora interna y responsable del departamento de español en una empresa de traducción. Entre traductores, gestores de proyecto y directivos, éramos unos 50 empleados, y nuestro día a día era un auténtico no parar.

En ese contexto, me costó mucho irme a trabajar a mi casa para empezar una aventura a mi propio ritmo y con mis propios objetivos (a pesar de que era lo que quería y lo que había elegido). Por un lado, me sentía aislada socialmente: pasé de compartir mi día a día muchos compañeros a compartirlo solo con mi gata. Por otro, estaba acostumbrada a que otros marcasen el ritmo de mi trabajo, así que me costaba mucho establecer objetivos y decidir cuáles eran mis prioridades en cada momento. Así que acababa los días con una sensación muy amarga de haber estado perdiendo el tiempo.

Hora de tomar cartas en el asunto

Esta fue mi tónica general durante aproximadamente mi primer año como autónoma. Así que, ya cansada de vivir en el día de la marmota, decidí que había llegado el momento de cambiar la situación.

En primer lugar, me asocié a Asetrad. Creo que ha sido una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida profesional, ya que me abrió la ventana a las realidades de otros compañeros con los que compartía inquietudes. Además, fue (y sigue siendo) una excelente manera de aprender sobre la profesión.

Aunque el contacto virtual con otras personas me ayudó, aún sentía que necesitaba tener contacto con gente de carne y hueso y en otros ámbitos, no solo en el profesional. Me apunté a clases de costura y, más tarde, a teatro.

Otra cosa que me ha ayudado a acostumbrarme a trabajar desde casa ha sido hacer algo de actividad física a diario. Parece una tontería, pero como no tenía que salir de mi casa, prácticamente no me movía y me dolían hasta las pestañas.

Con estos tres nuevos elementos en la ecuación, empecé a ver el trabajo de otra manera, pero aun así tenía la sensación de que, si trabajaba fuera de casa, podría ser mucho más productiva. Sí, efectivamente, estaba intentando replicar la vida que llevaba cuando trabajaba fuera de casa.

La era de los coworking

Estuve un tiempo trabajando en un coworking y la experiencia fue positiva. Sin embargo, creo que fue ese el empujón que me faltaba para caer rendida antes las ventajas de trabajar desde la comodidad de mi casa. Ir a trabajar fuera de casa me ayudó a entender que, como trabajadora freelance, mi manera de organizar el trabajo y el día a día no tenía por qué ser como el de las demás personas. Y eso no era ni mejor ni peor, simplemente distinto.

Llegar a esta conclusión me costó cinco años y mucho ensayo-error, así que entiendo que haya gente insatisfecha con esta nueva normalidad laboral. No obstante, a lo largo de estos ocho años y medio trabajando desde casa, he identificado varias ventajas esta forma de vivir, como son:

Mayor flexibilidad de las condiciones laborales.

Mejor conciliación de la vida profesional y personal.

Aumento de posibilidades de vivir en zonas más alejadas de las grandes ciudades.

Menos emisiones de CO2 à menos desplazamientos.

Ciudades más limpias y menos congestionadas.

¿Y vosotros, cómo lleváis trabajar desde casa? ¿Qué es lo que más os gusta? ¿Y lo que menos?

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